viernes, 27 de junio de 2014

El viejo tango

Que Arturo Pérez-Reverte es un gran escritor, ya no hay quien lo niegue. Obra tras obra, le voy considerando uno de los más brillantes novelistas de nuestro tiempo. Atrás, bien atrás, quedan las dudas iniciales que sentía hacia este fabulador, dudas surgidas estúpidamente de las reservas que sentía al escuchar sus crónicas entrecortadas como reportero. El club Dumas, La tabla de Flandes, no , al menos, la segunda no llegó tanto, pero pocos después entre libros y artículos, así como su postura vital me fue gustando el escritor al igual que la persona, que poco a poco se manifestaba en sus artículos de prensa.
Despejadas las dudas, sus libros han ido cayendo uno tras otro. Ni que decir tiene que en mi corazoncito dejo siempre un sitio para  Alatriste, pero también para esas historias vinculadas con nuestros pasado en relación esquizofrénica con la Francia napoleónica. Indudablemente marcado esta su particular homenaje a Tintín y , para mí, su mejor novela: la Reina del Sur.
No obstante, acabo de terminar otra. Bajo un revelador título de "El tango de la Guardia Vieja", Pérez Reverte nos lleva al juego del pasado / presente de un personaje, Max Costa. Se trata de la compleja historia de un hombre en relación a una dama Mencha Irunza. Un collar y a uno de sus guantes son la coartada ideal para que él entre en su vida.
Pérez Reverte nos vuelve a dejar una historia admirable, al menos, a mí me parece admirable la construcción de este hombre - en su ahora más cercano, los años sesenta, en el inicio de su despedida vital - y que en su momento fue bailarín de barco, pero también gigoló, asistente de hotel, legionario con parada en los burdeles de Tauima, jugador de casinos, ladrón de guante blanco y, otras muchas cosas más, que surdido de la miseria del porteño arrabal de Barracas  bonaerense, le lleva a vivir una historia de lujo y aventura por toda la Europa- pero también en la Habana- de entreguerras.
La historia se centra en tres grandes espacios: Buenos Aires, Niza y Sorrento. Estos lugares son el marco de sus aventuras y desventuras, pero también el entorno que rodea a esta historia de amor insatisfactoria para sus dos grandes protagonistas, pero también de traiciones, deslealtades, e intrigas a lo largo de cuarenta años
La obra
Max Costa, consumado bailarín y hombre de mundo, es -en el fondo- todo el héroe, el héroe que a todos los hubiese gustado ser, pues está llena de virtudes, pero posiblemente al final alcance la que el más valora: la dignidad.

La novela, como ocurre en casi todas las obras de Pérez Reverte, es ágil, con un ritmo magníficamente marcado. Se lee con suma facilidad y la recreación de ambientes tan atractivos - como la explicación del nacimiento del tango en esos quilombos arrabaleros - , esos ambientes sórdidos o brutales - visibles en la muerte de los agentes facciosos- o tan deliciosos como elegantes del Cap Polonio, de las fiestas niçoises, o del ambiente Sorrentino, o la tensión congelaba de una partida de ajedrez - ah, Leontxo, cuánto tiempo sin saber de tí- están perfectamente trazada. La última página es especialmente elocuente pues nos da las claves de su documentación, muy en la línea Ken Follet. 
He leído por ahí que la novela es un homenaje al cine, entiendo que al negro. Aunque yo sólo puedo estar en parte de acuerdo. Podría ser cierto que hay algunos detalles cinematográficos como el peso en la historia del guante y del collar. Pudiera ser cinematográfico la extorsión de los miembros de la kagebé - como se escribe en el libro-, la trama policiaca con lo ocurrida entre Montecarlo y Niza, sin embargo, lo más cinematográfico está al final, en la declaración de un dolorido Max ante Mecha al afirmar que "No soy un hombre de lecturas...Me gusta más el cinematógrafo. Sólo hojeo noveluchas cortas en los viajes y los hoteles...". Algunas de sus respuestas están muy en la línea de Bogart, pero, sin duda, es la imagen de Edward Quinn de Grace Kelly at the Carlton Hotel en Cannes la que nos lleva al cine, presente en la manera de describir. 
Por último, agradecer a mi amiga de Montana, Christine King-Ries, por haber regalado este libro que - curiosamente- yo le recomendé, cuando me pidió una obra de un buen autor actual en español. Yo le hablé de Pérez-Reverte y de su historia de un tango, la de este Tango de la Guardia Vieja.

martes, 3 de junio de 2014

Mejor la película que el libro


No es fácil llegar a esta obra de un autor al que sólo he conocido por haber sido llevado al cine magistralmente por esa combinación mágica que es James Ivory y el productor Ismail Merchant. Yo llegué por medio de un amigo que me recomendó encarecidamente esta película, de la que es inolvidable el aria puccinesca de O mio bambino caro. Pero tras pensármelo mucho he optado no tanto por revisar una película que he visto en incontables ocasiones, sino por ir a la matriz. 

La obra literaria de la que hablamos pertenece a uno de esos escritores del conocido círculo de Bloomsbury, en concreto, E. M. Forster. Y es que Una habitación con vistas es para el escritor Álvaro Pombo “una historia de amor circular, es decir, un cuento de amor”. Es cierto, esta novela es ante todo un cuento amoroso, en relato en el que las emociones están más sugeridas que implícitas, son más sutiles, narrativas. Esto, para mí, desde el punto de vista literario me ha resultado un poco cargante, y menos cercano que la belleza visual presentada en la película. Y eso que, como hemos, visto y leído Una habitación con vistas es una historia de amor circular, y que, según Pombo, a diferencia de las novelas de amor, los cuentos de amor cierran un circuito completo, de tal manera que acaban donde empiezan o empiezan donde acaban. Eso es así, por ejemplo, en el espacio. 
La novela comienza con una joven que quiere despertar al mundo. Y lo hace en un entorno mágico como es Florencia. La historia terminará en la misma ciudad Toscana. 
La historia es bien conocida. Lucy y George Emerson se conocen en Florencia y gracias a que George y su padre ceden a Lucy y su tía la habitación con vistas al Arno entablan una relación algo superficial, pero sin dida más intensa que la que tendrá Lucy en su querida Windy Corner con su bien posicionado e insoportable Cecil Vyse. 
Entre medias Lucy Honeychurch se enfrentará a su prima Charlotte Bartlett, que impide que el romance prospere, al igual que el odioso corifeo formado por el Reverendo Eager o la impertinente Eleanor Lavish. Lucy regresa a Inglaterra, donde se promete a un hombre llamado Cecil Vyse que ha conocido en Roma. Y, más tarde, las casualidades matriciales italianas harán que se reencuentren todos en la campiña. 
Allí en Lucy renace su atracción por George , en una historia en la que estarán presentes el directo y honesto Señor Emerson, el bondadoso Reverendo Beebe: la siempre oportuna Señora Honeychurch , el juvenil Freddy Honeychurch y otros protagonistas menores como Sir Harry Otway o Minnie Beebe. 
He leído que en las obras de E. M. Forster, para mí conocidas a través del cine y en concreto de james Ivory, hablo de esta, del Pasaje a la India o de la fantástica Maurice, los hombres son más verdaderos y menos convencionales que las mujeres. En este caso la protagonista femenina, Lucy, termina por asumir sus propios anhelos más íntimos, tras engañarse tanto a sí misma como a la sociedad que la rodea. 
Para Álvaro Pombo en su artículo Emociones sutiles sobre la película – o en mi caso el libro- no contiene ninguna enseñanza importante o seria, excepto ésta de la contraposición entre la naturaleza y las costumbres o convenciones. 
En definitiva, una película atractiva, pero una obra literaria que se lee con rapidez, pero sin intensidad ni vibración. En este caso, mejor la película que el libro.