martes, 21 de junio de 2016

Discurso final de curso

Buenas tardes. Antes de nada quiero expresar mi agradecimiento a la dirección del centro por querer contar conmigo y convertirme hoy en portavoz de todo el profesorado; agradecer igualmente a mis compañeros y compañeras por cederme ese protagonismo. Igualmente agradecer la presencia al alumnado aquí presente así como a los familiares que han venido para acompañaros, especialmente, en una calurosa tarde - noche donde existe una lógica e interesante competencia con el fútbol.

Cuando me decidí a escribir las primeras notas para este discurso lo primero que pensé fue en el curso anterior. Para estas fechas del pasado curso escolar me estaba despidiendo de la comunidad educativa del que había sido mi centro una vez pasado allí casi una década. Sin embargo, en esta ocasión, y dado que llevo en este centro menos de un año, he dudado- y mucho- sobre en qué centrar este discurso. 

Tras reflexionar algo sobre lo que hablar, pensé que podía hablar en lo que supone el IPEP. Bajo esas siglas de IPEP, hay un Instituto que aparentemente se centra en la Enseñanza de Personas Adultas. Sin embargo, yo creo que toda la Comunidad Educativa de este centro pretende que sea mucho más que eso. Como ya sabéis IPEP literalmente significa Instituto Provincial de Educación Permanente. Subrayo eso de Educación Permanente que lo entiendo en un sentido casi contrario al que pudiera tener en castellano. Lo permanente está ligado a un estado o situación que no experimenta cambio alguno. De hecho, nuestra esperanza como docentes es la contraria: que el alumnado que se forme aquí experimente una mejora en su situación intelectual y esta le permita progresar en su vida profesional o personal. En ese sentido el IPEP tiene como objetivo prioritario la promoción y el desarrollo de las personas adultas a través de la formación en su doble ámbito vital y laboral. Es aquí donde parece cumplirse lo que, en su momento, fue defendido por el escritor, médico y dramaturgo ruso Anton Chejov quien decía que “La sabiduría no viene de la edad, sino de la educación y del aprendizaje”. 

Pero como he dicho anteriormente, un centro educativo, y mucho más un centro como éste, tiene que aspirar a más. No sólo debemos centrarnos en lo estrictamente formativo, sino que nuestras aspiraciones han de ir, además, en la gran idea defendida por Aristóteles cuando escribía que “Educar la mente sin educar el corazón no es educación en absoluto”. 

Ante esa concepción que, al menos, tenía el filósofo griego, y que coincide en gran medida con la idea que yo tengo de la educación, opté, en mi primera experiencia como profesor de personas adultas, por marcarme un par de objetivos. El primero de ellos fue el que fueseis adquiriendo una mayor autoestima como estudiantes, es decir, en recuperaros para el estudio, pues muchos lo habíais abandonado hacia años. Las razones que llevaron a abandonar el sistema educativo han sido variadas. El trabajo, la familia, los vericuetos de la vida o el mismo sistema educativo os pudieron excluir en su momento. En ese sentido, tengo que reconocer que es cierto que la vida nos lleva siempre por caminos que en ocasiones son tortuosos, largos y tormentosos. Pero que si uno supera esas dificultades, muchas veces vitales, podemos concluir en la misma idea a la que llegó uno de los principales filósofos norteamericanos de la primera mitad del siglo XX, John Dewey, quien dijo que “La educación no es preparación para la vida; la educación es la vida en sí misma”. 

Una vez cubierto el primer objetivo, engancharos a los estudios, me marqué un segundo: administrar eso que yo, a veces, he comentado en clase y que le llamado la resiliencia. En alguna ocasión a mis alumnos y alumnas de tutoría les he hablado de esa capacidad que tenemos todos los humanos para sobreponernos a las situaciones adversas. Durante estos últimos nueve meses, hemos vivido en no pocas ocasiones momentos de dudas y zozobras, pero es, en esas circunstancias, en las que ha de surgir nuestra capacidad de superación, para seguir, seguir y seguir. 

Para ello, y eso me consta, los profesores y profesoras os hemos animado en múltiples ocasiones a mantenernos firmes antes estas dudas e inquietudes que han ido surgiendo, especialmente, en febrero, durante el meridiano del curso escolar. Una vez aclarados estos dos objetivos, que en principio, me marqué, he de reconocer que a lo largo del curso se han ido produciendo para mí algunos alumbramientos procedentes de mi alumnado. 

El primer descubrimiento de la realidad de la Educación de las personas adultas que me ha ido influyendo en este primer año de servicio aquí, ha sido poner en valor el enorme mérito que supone el sacrificio de vuestro tiempo que, en la mayoría de los casos es muy limitado, y que ha supuesto un elemento de superación en lo personal y que se extiende a vuestras familias. Indudablemente es un sacrificio adecuado, muchas veces incómodo, pero que es precisamente ese esfuerzo realizado con inteligencia y conciencia el que ha dado sus frutos o compensaciones. Ese sacrificio de vuestro tiempo libre va mucho más allá de aprobar un examen o entregar un trabajo – cosas que también son importantes- , ya que en gran medida os habéis transformado en hombres y mujeres modélicas ante los que os rodean. 

Mi segundo descubrimiento ha sido la enorme satisfacción que he sentido cuando alguno de vosotros me habéis dicho lo muy orgullosos y orgullosas que os sentís cuando vuestros hijos e hijas os han preguntado dudas en sus estudios y vosotros habéis podido responder a ellas, cuando antes os sentíais inseguros o impotentes. En ese sentido os habéis convertido en trasmisores no sólo de conocimientos sino de valores. Suponéis, en muchas ocasiones, referencias para vuestros hijos e hijas por ese carácter modélico que os comenté anteriormente. Ahora sois su referencia de futuro. 

Por lo demás, y como en cualquier nivel educativo, he visto en este último año que hemos tenido tiempo para todo. Para trabajar y para reíros, para estudiar y para salir, y para presentar quejas o discrepar, o para sufrir angustias, sinsabores, pero también alegrías. Desde septiembre hasta hoy he comprobado una evidencia: que en la educación de adultos se repiten las mismas funciones básicas que en la escuela ordinaria. Hemos ido desde lo esencial, adquirir las habilidades básicas instrumentales, hasta la adquisición del conocimiento, pasando lo que para muchos ha sido lo más importante: la socialización. De aquí parecen haber surgido amistades inquebrantables, aunque también en ocasiones, fricciones. La Escuela o la Educación de Adultos no tiene que ser la Arcadia Feliz, pues es un extracto de lo que contiene toda la sociedad, y si ésta funciona, la educación funciona, y viceversa. 

Un año da para mucho, incluso para titular en la ESO o en BTO. A los que lo habéis conseguido os tengo que felicitar; a los que no, os tengo que pedir que perseveréis en la consecución de un título que está en vuestras manos. Como afirmaba un líder de la comunidad negra de los años sesenta Malcolm X “La educación es nuestro pasaporte para el futuro, porque el mañana pertenece a la gente que se prepara para el hoy”. Especialmente ese pasaporte es importante para los adultos ya que la formación nos rejuvenece externa e internamente. Y lo importante en la vida, y de eso soy consciente como adulto, es vivirla aunque sólo sea para poder contarla. 

Para acabar, y de cualquier manera, a unos y otros, a todos y todas, os tengo que dar las gracias por haberme enseñando tanto. Nunca he conseguido olvidar – ni quiero- lo que aprendí hace tiempo, y es que, en el fondo, siempre se está en una fase de aprendizaje y en proceso de construcción. Ante esto uno entiende que es difícil ser maestro en algo, y esa imposibilidad es la que te obliga a seguir formándote y aprendiendo, y a disfrutar de ese aprendizaje cosa que yo he sentido en este curso escolar. 

Por último, recordaros algo lo que dijo alguien más trascendente que yo, Confucio, un pensador chino en el siglo V antes de Cristo “La educación genera confianza y la confianza genera esperanza (…)”. 

Yo añado que de la esperanza muchas veces surgen los sueños y, como una vez me dijo se preguntaba una de mis compañeras ¿No estamos aquí para que nuestros alumnos y alumnas cumplan sus sueños?

Muchas gracias a todos y todas, pues ha sido todo un placer haber compartido este año.

jueves, 9 de junio de 2016

Las cerezas del cementerio

Gabriel Miró, para mí, es casi un escritor a pie de página, que estudié en una magnífica materia de COU que se llamó Literatura española y que me permitió conocer a muchos y grandes autores. A unos se le daba mucha importancia y a otros, apenas, unas líneas. Este era el caso de este escritor alicantino nacido en 1879 y que falleció en Madrid , muy joven, en 1930 cuando tenía 50 años. Era un hombre de familia acomodada, que cursó Derecho en Valencia y Granada y que colaboró en varios periódicos y revistas de la época como La Publicidad, El Heraldo, Los Lunes de El Imparcial, ABC y El Sol de Madrid, así como los argentinos Caras y Caretas y La Nación de Buenos Aires. 


Como novelista el escritor alicantino publicó su primera novela a los 22 años, La mujer de Ojeda, y en 1903 editó Hilván de escenas. En su siguiente libro, Del vivir (1904), apareció por primera vez el personaje de Sigüenza, «alter ego» del autor que le acompañó en otras obras posteriores: Libro de Sigüenza (1917) y Años y leguas (1928). Para la mayor parte de la crítica, la etapa de madurez de Gabriel Miró comenzó con el libro que acabo de terminar, escrito en 1910 y que lleva por título Las cerezas del cementerio. 

Recuerdo el título del libro , pues junto Las Figuras de la Pasión de Señor (1916-17) al Obispo Leproso (1926) pudieran ser sus obras más reconocibles. Fue Premio Mariano Cavia, dedicado a las narraciones breves. Sin embargo, como comenta Horacio Vázquez Rial en el prólogo de Las cerezas del cementerio será relegado a uno de los rincones oscuros de la narrativa española, no llegando a ser ni tan siquiera académico de la RAE Gabriel Miró fue un autor leído tanto por sus admiradores como Vale Inclán, Pérez de Ayala, Azorín, o Juan Ramón Jiménez así como sobre la generación del 27 -dado su lirismo- por sus detractores entre los que destaca José Ortega y Gasset. 

Ricardo Gullón ha calificado los relatos de Miró como novelas líricas. Son, por tanto, obras más atentas a la expresión de sentimientos y sensaciones que a contar sucesos, en las que predominan:la técnica del fragmentarismo,el uso de la elipsis la estructura del relato en escenas dispersas, unidas a través de la reflexión y la rememoración en la que la temporalidad incorpora el pasado a un presente continuado, por medio de las sensaciones, la evocación y el recuerdo. Todo ello creó un estilo mironiano caracterizado por la riqueza plástica de su obra, el uso de sinestesias y de imágenes sensoriales, una adjetivación y un léxico excelso, que , a veces, hace que los fragmentos cuesten trabajo entender. En su obra hay mucho del hombre melancólico e introvertido que era, pero también un fuerte sentido crítico contra lo eclesial ; una sensibilidad exacerbada a colores, aromas, texturas y sonidos que refleja en sus obras, de tiempo lento, casi moroso y carácter muy lírico y descriptivo; su estilo, muy elaborado, se halla esmaltado de palabras castizas, arcaísmos y sinestesias. 

Las cerezas del cementerio (1910) está considerada una obra de madurez creativa del autor cuya trama desarrolla el trágico amor del hipersensible joven Félix Valdivia por una mujer mayor (Beatriz) y presenta —en una atmósfera de voluptuosidad y de intimismo lírico— los temas del erotismo, la enfermedad y la muerte.En esta novela intimista y de introspección se aborda el tema del amor o, mejor dicho, la ausencia de ésta . 

El eje central de la historia . aunque no siempre presente, Félix Valdivia, joven de gran encanto y sensibilidad, cuya existencia se orienta claramente a la naturaleza y la mujer, especialmente de Beatriz, mujer mayor casada y de una extraordinaria belleza, que van a encontrarse con el rechazo y la incomprensión de todos.. 

Sin embargo, frente al amor y la vida, Félix topa con la rígida moral imperante en la Valencia de principios del siglo XX, tan avanzada y represiva a un mismo tiempo. Son las barreras morales y religiosas que le impedirán alcanzar la felicidad. Es un libro sobre el amor y la falta de amor, y en él se suceden las historias de enamoramientos. 

Es un libro complejo, abierto a diversas interpretaciones, hace efectivo el propósito del autor de insinuar las cosas y de trazar una novela trémula de emoción y muy personal. Aquí el paisaje valenciano se convierte en un personaje más, sino el principal, a través de descripciones que semejan acuarelas vivas, donde además de los colores, percibimos aromas y sonidos. Estilo pausado, casi lírico, con uso de sinestesias y palabras arcaicas. Una obra literaria para saborearla lentamente. 

El protagonista, enamoradizo y mujeriego, pero de un modo muy espiritual, sufre la incomprensión de todos los que le rodean, que esperan otras cosas de él y no comprenden su sensibilidad ni su amor por la belleza. La historia nos depara un final inesperado, triste pero bello a la vez. Félix muere y es enterrado en el cementerio de Posuna, conocido por sus cerezos de cuya fruta, por respeto o por asco, nadie come. Beatriz e Isabel, joven que también amó a Félix, visitan su tumba y comen la fruta de los «árboles sagrados», sorbiendo y comulgando de esta manera la esencia del amado con la fruta de los cerezos.

Para Miguel Ángel Lozano Marco, este libro “es un ejemplo acabado de novela lírica; posiblemente sea el título representativo por excelencia de esa modalidad narrativa en la literatura española. Si la novela es lírica no lo es sólo por su intensidad y belleza del lenguaje, sino por haberse centrado el narrador en la conciencia de un personaje, Félix, que percibe y da sentido al mundo.” 

Miguel de Unamuno en su prólogo a Las cerezas del cementerio, en Obras completas de Gabriel Miró, 1932 comentó que «A las veces leyendo a Miró le sobrecoge a a uno el misterio de una religiosidad búdica, de un eterno recuerdo, de una eternidad hacia el pasado, de un principio de la conciencia. Y este mismo Félix, ¿qué es sino un recuerdo de su tío Guillermo? ¿Qué es esta novela sino un cuento plenilunar de aparecidos, de fantasmas, de ánimas que se ahogan en la vida que pasa, que se ahogan añusgándose con cerezas del cementerio?» «Las cerezas del cementerio es un libro sobre el amor y, cosa que preocupaba hondamente a su autor, la falta de amor. En él se suceden las historias de enamoramientos, correspondidos y no correspondidos, realizados y no realizados, o realizados torcidamente. 

Constantemente late en sus páginas el deseo, la esperanza del encuentro erótico; pero el eros mironiano no es únicamente físico: está lleno de piedad, de necesidad de consuelo, de ternura, de don, las más veces don de una sola de las partes. Las cerezas del cementerio es una gran novela. Uno confía en que su llegada a manos de un lector apasionado contribuya en algo a hacer justicia a su autor.» 

No es una obra fácil de leer, te obliga a estar permanentemente con un diccionario dada la enorme riqueza léxica que maneja el escritor y la difícil lineal argumental que tiene. Eso sí, las descripciones son maravillosas, inigualables. 

Para Horacio Vázquez-Rial es un libro complejo abierto a diversas interpretaciones, que hacen que sea una novela intimista y de introspección en la que los cerezos del cementerio adquieren un papel casi de comunión con los protagonistas como destaco aquí «Dejaron la aldea, internándose por el cerezal; y ya junto al cercado del cementerio, oyeron voces y, de pronto, Belita y tía Constanza quedáronse pasmadas viendo a las damas de mucha hermosura que estaban alcanzando y comiendo cerezas de los árboles sagrados, la última fruta, la más grande y sabrosa. Las desconocidas, ajenas al entredicho que para todos tenían esos frutales, arrancaban cerezas con infantil donaire y complacencia, y al ver a Silvio y Félix les llamaron pidiéndoles ayuda. […] Y entonces Isabel le gritó que viniese. —Te llaman, Félix. ¿Es ésa tu prima?—le dijo Beatriz. —Sí; la pobrecita me ha pedido que nunca coma fruta de estos árboles. ¡Les tiene mucho respeto de santidad o de asco a la muerte! —Y bajó, dándole a su madrina una rama cuajada del dulce coral de sus guindas. Ella buscó y ofrecióle la más redonda y encendida. Isabel les miraba. Félix adivinó su angustia, y vaciló. ¡Pero es que hasta lo menudito había de inquietarle y torcer su espíritu! ¡Una cereza le llenaba de vacilaciones! Y la comió…» 
Lo desconocía pero la novela fue adaptada para la pequeña pantalla en parte por la Televisión Autonómica Valenciana dando lugar a una miniserie de 120 minutos que fue dirigida en 2004 por el alicantino Juan Luis Iborra, coautor del guión junto a Pedro Gómez y Antonio Albert, e interpretada en sus principales papeles por Concha Velasco, Félix Gómez, Xabier Elorriaga, Juli Mira, Álvaro de Luna, Raúl Julvé, Empar Ferrer y Gretel Stuyck, Empar Ferrer, Rebeca Valls, Anna Moret, Teresa Soria, Concha Hidalgo, Elisa Matilla, Jesús Cabrero, Magüi Mira, Paco Vila.